Recorriendo la Carretera Austral entre Pascua y Año Nuevo, con toda la familia, desconectado de la contingencia nacional así como de la discusión pública mediática, nos fue posible, en primer lugar, poder dimensionar el gigantesco esfuerzo del país y principalmente de sus colonos, que ha significado el hacer patria, desarrollando este territorio, tan aislado y difícil. Y en segundo lugar, el gran contraste que existe al comparar este titánico emprendimiento, con la guerrilla y minucia política, en que permanentemente se ve involucrada a la elite del poder en todos sus ámbitos.
Qué distinto sería el país si todos o la gran mayoría de sus esfuerzos se dedicaran a grandes proyectos nacionales de la envergadura del desarrollo del territorio austral o la eliminación efectiva de la pobreza en un período determinado. Es impresionante y enorgullecedor comprobar el esfuerzo que hacen miles de colonos y funcionarios del aparataje estatal con gran sacrificio personal y familiar en cada uno de los villorrios de nuestro sur profundo, la mayoría de las veces con muy pocos elementos. Todo esto para que ese territorio también se pueda llamar Chile.
Es triste constatar la diferencia que existe en el grado de desarrollo si se compara nuestra realidad con la de los poblados argentinos de la Patagonia; está bien que la geografía sea más benévola en Allende Los Andes, pero otra cosa es comprobar el decidido compromiso en inversión pública que el estado argentino ha asumido, por ejemplo, en el desarrollo turístico.
Al ver en vivo y en directo, así como experimentar en carne propia el potencial de nuestro territorio austral, es posible imaginar flujos importantes de turistas entre los dos países, cruzando por los múltiples pasos fronterizos. Sin embargo, esto requiere una fuerte inversión pública, diseñada con visión de futuro, que le permita entre otros, pavimentar la Carretera Austral y sus rutas que la alimentan.